“Si existe Dios —pensé—, es un analgésico«.
Publicada en 1996, es la tercera entrega de la tetralogía «Los Cantos de Hyperion», y que terminé ayer.
Si no has leído las anteriores, no sigas leyendo, puesto que hay continuidad de unos libros a otros
La historia transcurre doscientos setenta y cuatro años tras la caída de Hyperion. Pax gobierna bajo teocracia y se ha instaurado una nueva fe, la del cruciforme que otorga el poder de la inmortalidad.
Esta organización religiosa militar, se ve amenazada por la llegada de un nuevo mesías que romperá el orden establecido. Este mesías es una niña de doce años llamada Aenea, hija de Brawne Lamia, una de las peregrinas del primer libro, y la primera personalidad cíbrida de John Keats.
Así Pax encomienda al sacerdote de Soya que acuda a La Esfinge, uno de los lugares de la peregrinación a capturar a Anea. Mientras, otro de los peregrinos, el poeta Martin Silenus, encomienda a Raul Endymion, un pastor condenado a muerte, la misión de proteger ala joven niña.
El estilo cambia radicalmente con respecto a sus predecesoras. Esta novela es una persecución incesante a través de varios mundos. El tema de fondo está genial, pero supongo que abrió demasiados puntos en las anteriores y ahora no ocurre nada ni explica mucho. Hay menos personajes que en las anteriores por lo que es más fácil seguir la trama.
Personalmente, no ha conseguido engancharme hasta casi el final. Quizá no era el momento para leer esta parte, así que haré un descanso de un par de libros antes de continuar con la última de las novelas.